LA IMAGEN ES EL TEXTO

La Imagen suficiente

El ilustrador nació para ayudar a imaginar. Mientras el escritor necesitaba páginas y páginas para describir una isla misteriosa, el ilustrador le daba dimensión física y en el receptor de estos mensajes se producía una única impresión, no siempre claro si el mensaje era el visual o el escrito. La ilustración se concibe originalmente como una plástica aplicada, un subarte que a lo sumo alcanza niveles de consideración de alta artesanía. La confusión de las artes en el siglo XX no sólo es producto de una babel lingüística ultimada en el postmodernismo, sino también del debilitamiento de los límites que separaban artes mayores y menores, en este siglo agravado el pleito por la capacidad de reproducción industrial y difusión social del “original”, uno y singular.

 A punto de acabar el siglo XX contemplamos como todos estos apriorismos, como todas estas pretextualidades, no han podido impedir que la ilustración progresara en función de una lógica interna, interrelacionada sin duda, con la pintura, pero lo suficientemente propia como para ser una propuesta estética independiente. Tampoco la servidumbre a una industria de la cultura y a una clientela masiva parece haberla desviado de un camino investigador y superador. Al contrario. Muchas veces el ilustrador exige más del receptor que lo que ilustra y curiosamente el receptor se lo tolera y hace un esfuerzo para ver más allá de la tapia de sus convenciones visuales.

Las ilustraciones de Silvia Alcoba avalan este breve recorrido por una posible historia de la mirada relacionada con la historia de la lectura. Propone portadas o iluminaciones de textos. Los textos no están y ante posibles sorpresas, las imágenes de Silvia Alcoba son suficientes en sí mismas, desde sí mismas para hacer posible esa otra lectura: la del parpadeo. Como si los ojos decodificaran el mensaje a una velocidad de imaginación visual, que no tienen nada que ver con la velocidad y el impacto de la imaginación lectoral. Eclecticismo y estilo marcan la caligrafía de esta autora, en perfecta concordancia con la única postmodernidad en la que creo y que no es, ni mucho menos, ahistoricista. Dueña de un ya complejo patrimonio de la cultura visual, sabedora de las grandezas y servidumbres de todas las vanguardias, la artista metaboliza todo un pasado e impacta con un discurso propio; consciente de que no va a resultar una única verdad estética. Ya no hay verdades únicas, pero sí mentiras evidentes, y el artista como el escritor contemporáneo, sabe que el bien no existe, pero el mal sí. Así en la historia como en las en otro tiempo  llamadas Artes Gráficas.

Manuel Vázquez Montalbán

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